Cartas que no llegan: Correspondencia de un invierno sitiado

En Ramadán, los gestos de solidaridad y esperanza tienen un valor especial. La distancia no borra la memoria ni la compasión hacia quienes sufren. Desde Málaga, Moisés Saca, defensor de la historia, ha escrito una carta para Gaza, como un acto que sostiene la resistencia silenciosa.

Se ha levantado una mañana muy decidido. Sobre la mesa lo acompañaban una taza de café aromatizado con cardamomo, recuerdo de la infancia, y una loncha de pan remojada en aceite, salpicada de za’atar. A su lado, una pluma negra sobre el papel ofrecía la posibilidad de llegar donde aviones y barcos no alcanzan: una carta.

Se dirigió a la oficina de correos. Caminó por calles andaluzas que aún conservan nombres árabes, por muros encalados que guardan sombras antiguas, por una tierra que también supo lo que era perderlo todo. Andalucía enseñaba que el despojo no siempre termina con la desaparición: a veces se queda en la lengua, en la arquitectura, en la nostalgia heredada.

Al llegar, un reloj tras la puerta de cristal marcaba las nueve menos cuarto. Un par de minutos más y abrirían al público.

El funcionario recibió la carta. Un silencio se acompañaba del tecleo mecánico de un formulario. Luego, una frase de buenos días:

Remitente, por favor —pidió.
—Escribo desde un sitio donde el frío se combate con calefacción, no con mantas compartidas —respondió, llevando la voz de una diáspora lejana.
—¿Destinatario?

No sé a quién va dirigida esta carta. A una ciudad entera que resiste. Tal vez a un niño que no duerme, a una madre que calcula porciones demasiado pequeñas. El destinatario importa menos que el gesto de escribir.
—¿Fecha y lugar?
—Lo antes posible.
—¿Y el lugar? Necesitaré un sitio de destino.
—A Gaza. El envío es a Gaza, por favor.

El funcionario conocía la ruta, pero debía consultarlo con el repartidor.
—Tengo una carta. Es a Gaza.
—¿La ruta de las cartas que nunca llegan?
—Exactamente. Temo que esta carta no encuentre una dirección válida, entre cortes de luz, el ruido de los drones y las noches que no terminan.

Finalmente, la enviaría. La colocó en un sobre marrón y cobró la tasa por el envío. Eso fue todo.

Al salir de la oficina, pensó en todos aquellos que, siglos atrás, escribieron cartas desde esa misma tierra: cartas escritas con prisa, dobladas con exilio, confiadas a un futuro incierto. Sabían que no regresarían. Repetía ese gesto antiguo: escribirle a un lugar sitiado, a una patria fragmentada, consciente de que quizá la carta no llegaría, pero seguro de que el acto de escribirla era ya una forma de resistencia al olvido.

Hay cartas que no se escriben para ser leídas. Se escriben porque el silencio pesa más que las palabras, porque callar también es una forma de rendirse. Esta es una de esas cartas.

En este Ramadán 2026 esta carta nos recuerda que incluso los gestos más simples pueden ser actos de compasión, memoria y esperanza compartida. Escribir, como ayunar o rezar, puede ser un acto de resistencia y solidaridad con quienes más lo necesitan.

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